jueves, mayo 24, 2018

Cobra Kai: la nostalgia golpea primero, golpea duro y lo hace sin piedad


Me llamo Daniel. Solía practicar Karate Do hace 21 años.

Obviamente no me apellido LaRusso, ni me inscribí a clases gracias al boom generado por Karate Kid (no confundir con The Karate Kid, ese bodrio infernal protagonizado por Jaden Smith y Jackie Chan donde ni siquiera se practicaba Karate Do, sino Kung Fu) estrenada en 1984 con el flacucho Ralph Macchio y el entrañable Noriyuki "Pat" Morita como protagonistas.

Como siempre fui un niño-genio adelantado por un año, los tipos más grandes (en edad y físico) se pasaban de rosca conmigo en la secundaria. Un par de veces me hartaron y resolví las cosas como pude: al primero le floree el hocico con unas pinzas durante la clase de electricidad, y al otro le reventé la nariz a patadas afuera de la escuela. Supongo que mis papás temían que me convirtiera en delincuente juvenil o algo así y me inscribieron en un dojo cerca de casa.

Duré un buen tiempo practicando Karate Do en el estilo Shitō-Ryū. Creo que no lo hice tan mal, aunque tampoco estaba como para competir en Juegos Olímpicos: llegué hasta el 7° kyu (o sea, cinta verde), me llevé un par de terceros lugares en torneos locales y otro más en un torneo interpreparatoriano de la UNAM; luego me salí por motivos que no vienen al caso, pero nunca dejé de sentir aprecio por todas las cosas geniales que aprendí ahí y, cuando me acuerdo de hacer ejercicio, uso algunos movimientos de aquellos años para calentar.




¿Por qué les cuento esto? Bien, resulta que esta semana devoré —literalmente, la vi en un día— Cobra Kai, la serie de YouTube Red que retoma la historia de Daniel LaRusso (Ralph Macchio) y Johnny Lawrence (William Zabka) 30 años después de aquella técnica de la grulla que definió el All Valley Tournament. Aunque la vida los llevó por caminos muy distintos, Cobra Kai muestra sus destinos de una forma más humana y realista, mucho menos plana que en los 80's, donde Daniel San era siempre el chico bueno (salvo cuando la cagaba o le hacía berrinches al señor Miyagi) y Johnny Lawrence era el típico güerito mamón, con plata, malcriado y bravucón. Aquí, ambos tienen personalidades más profundas, ninguno es completamente bueno e impoluto ni un gandalla consumado, los dos cometen errores y, como cualquier persona normal, buscan la manera de resarcirse...o empeorarlos.

Las referencias a la cultura pop ochentera e incluso los chascarrillos basados en la primera película de la saga son una delicia, pero quien definitivamente se lleva la serie es el mismísimo Johnny Lawrence, un tipo que parece haberse quedado atrapado en su juventud y a quien le da igual estar viviendo en una época donde todo es políticamente incorrecto y a los niñatos millenials se les tiene que tratar con pinzas y entre algodones. Pero, sobre todo, un Johnny Lawrence que demuestra que el slogan de su dojo no es un mero alarde de bravuconería, sino una filosofía que va mucho más allá.




¡Basta! que si sigo, seré incapaz de contener los spoilers. Mejor véanla, es una serie muy amigable de diez capítulos con duración de no más de media hora cada uno, así que seguro les pasa lo que a mí, se enganchan y la terminan en menos de lo que piensan. Obviamente, para quienes no tenemos YouTube Red o no queremos tomar el mes de prueba gratis para que no nos vayan a ensartar cobros después, siempre hay opciones: hagan click aquí, preparen una bolsa de palomitas y disfrútenla.

Mientras...iré a ver si esto todavía me queda; puede que tenga ganas de averiguar si mis hombros y rodillas aún pueden hacer algo decente.








Saludos Enfermos.


sábado, mayo 19, 2018

Martín, un daño colateral de la reforma energética


Esta semana me acordé mucho de la gente que, al más puro estilo de Andrea Legarreta, dice que "la reforma energética sólo afecta a quienes tienen auto a través de los gasolinazos".

Abrir la puerta para que empresas extranjeras metan las manotas en el crudo nacional conlleva desde asuntos tan espinosos como el fracking hasta temas infinitamente más sencillos, pero no por eso menos importantes.

Martín tiene un puesto de periódicos sobre la acera, a un costado de la gasolinera que se encuentra en Circuito Interior y Norte 178, de la colonia Pensador Mexicano. No sé durante cuántos años ha trabajado ahí, pero sí recuerdo que mi papá ha comprando el periódico todas las mañanas en ese mismo lugar desde hace mucho y yo me he vuelto asiduo visitante gracias a que estoy coleccionando el Mustang Shelby GT500 de 1967 con que Planeta DeAgostini ha enviciado a los amantes de los autos a escala.

En la semana fui a visitar a Martín para adquirir mi preciado fascículo semanal y me encontré con esto:




Me contó que a lo mejor se iba a tener que cambiar de puesto —pero (muy buena onda de su parte) podíamos intercambiar números telefónicos y ponernos de acuerdo para que me entregue los números subsecuentes— porque le dijeron que "su negocio no entraba en el diseño de la nueva gasolinera", aunque le ofrecen reubicarlo o compensarlo monetariamente a cambio de irse, lo que claramente es una falta de respeto a su derecho al trabajo digno, contemplado en el artículo 123 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.




Si el cierre por remodelación de la ahora ex gasolinera de PEMEX reduce de un modo significativo la clientela (y por ende, las ventas) al evitar que potenciales clientes transitorios realicen alguna compra mientras cargan combustible y limitan los ingresos de Martín a los que percibe de sus compradores habituales, cambiarlo de lugar tampoco es la mejor opción; entre que llega al nuevo rumbo, se establece, hace migas con la gente, nutre nuevamente sus pedidos y tiene dinero para volver a surtir el volumen al que estaba habituado, va a pasar un buen rato con una ganancia, en el mejor de los casos, mínima para vivir decentemente.

Además, al estar ubicado en la vía pública, su puesto no interfiere en modo alguno con "el diseño" de absolutamente nada, así que ese argumento es inválido. Martín cuenta con un permiso expedido por la delegación Venustiano Carranza para laborar en esas condiciones, pero —según me comenta— los dueños de la flamante sucursal de Total, empresa francesa, no quieren reconocer la validez del documento. Con ese antecedente, me gustaría pedir a la Jefa Delegacional en Venustiano Carranza, Licenciada Mónica López Moncada, que revise por favor el tema, esperando que brinde una solución satisfactoria a la situación, porque, de otro modo, habría que cuestionar lo que dice el mensaje en la valla, "Nos estamos transformando"; y sí, pero ¿en qué, y a costa de cuántos mexicanos perjudicados que podrían engrosar las filas del desempleo?






Saludos Enfermos.


viernes, mayo 11, 2018

Un pedacito de la tradición titiritera de los Rosete Aranda @Zacatecas


Cuando hice el post sobre la enorme colección de máscaras que alberga el Museo Rafael Coronel, omití a propósito hablar de ciertos habitantes muy peculiares de este recinto.




No sabía exactamente qué podía haber de especial en ellos; sólo pensé que daban para un artículo aparte, quizá sugestionado por el morbo que sentí al entrar en la sección que ocupan dentro del museo, oscura a excepción de una ligera iluminación dirigida específicamente a cada uno de ellos. Sus rostros, sonrisas y atuendos, sin duda, atraparon mi atención.

Hoy, a meses de haber hecho estas fotos, me di un tiempito para sentarme a rascar con calma entre la info básica que ofrece la galería y lo que pude encontrar en Internet. ¡Su historia es sorprendente!



La Empresa Nacional Mexicana de Autómatas Hermanos Rosete Aranda surgió en Huamantla, Tlaxcala, donde cuatro hermanos titiriteros (los Aranda) alcanzaron el éxito gracias a los más de 5,000 títeres que, función con función, hacían las delicias de chicos y grandes a través de contenido que abarcaba desde obras de la Literatura Universal hasta la representación de tradiciones y leyendas mexicanas; de temas didácticos y educativos para los peques hasta situaciones más espinosas, llenas de crítica política y social. La variedad alcanzaba para todos los que quisieran disfrutar el espectáculo, y la gente los amaba por eso.

Tal fue su fama en aquellos años de la Guerra de Reforma, que incluso el presidente Juárez quedó maravillado con su trabajo y los invitó alguna vez a montar su espectáculo en Palacio Nacional; fue más o menos en ese tiempo que una de las hermanas Aranda, María de la Luz, hizo click con un señor llamado Antonio Rosete, formaron una familia y tuvieron cinco chamacos que, al crecer, consolidarían la compañía y la llevarían por buen rumbo hasta pasada la primera década del siglo XX, en que comenzó a ir a pique y fue comprada por Carlos Vallejo Espinal, quien la renombraría como Teatro Carpa Rosete Aranda, Empresa Carlos V. Espinal e Hijos.


Como todo por servir se acaba o termina devorado por el inclemente paso del tiempo, la modernidad y la consecuente llegada de otras formas de entretenimiento como la televisión envió a los títeres a cajones viejos olvidados en polvorientos rincones, donde se mantuvieron durante décadas hasta que Sergio Arturo Montero, restaurador especializado del INAH y de quien se puede conocer parte de su ilustre trayectoria haciendo click aquí, les devolvió un poco de vida.

El frenético ritmo de vida y la cultura de consumo express que dominan nuestra cotidianidad dificultan que se les pueda apreciar de forma justa. En palabras del señor Montero, "Una marioneta se convierte en un simple muñeco cuando se instala en una vitrina", y tiene toda la razón; no basta con su distinción como Patrimonio de la Nación en la década de los 90´s, hace falta llevarlos de nuevo a los escenarios. Mientras ese momento llega (si es que llega), habrá que contentarnos con apreciarlos en los distintos museos que, a lo largo de nuestro país, nos ofrecen la oportunidad de volver en el tiempo y tratar de adivinar cómo sería estar frente a los talentosos titiriteros que entretenían a los mexicanos de esa época.


Más fotos, aquí.


Además del Museo Rafael Coronel, está el Museo Nacional del Títere Rosete Aranda, en la ciudad que vio nacer a la compañía, creado en 1991; el Museo Casa del Títere Marionetas Mexicanas de la capital poblana; el Festival Internacional de Títeres Rosete Aranda, también efectuado en Huamantla; el Centro Cultural Alfín Rosete Aranda de la #CDMX,  y en el Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble, también ubicado en Chilangolandia.

No sé a ustedes, pero a mí se me antoja ir a estos recintos culturales para ampliar mi colección de títeres; si conocen algún otro que no esté en la lista, por favor no dejen de pasarme el dato en los comments de este post, que disfruto mucho andar por ahí curioseando. Prometo traer un montón de fotos.






Saludos Enfermos.


martes, mayo 08, 2018

Discografìa Beatle: Let it be




Para cuando Let it be vio la luz, el 8 de mayo de 1970, el cuarteto de Liverpool era historia. Todo el desmadre que se trajeron desde las grabaciones del llamado White Album terminó por dar al traste con la que había sido la banda más grande del mundo, entre la omnipresencia de Yoko Ono, la guerra de egos entre John y Paul que tenía a George queriendo sacarse de encima la jetatura de sus compañeros desde hacía un tiempo y a Ringo como el niño que queda en medio de los papás en pleno proceso de divorcio, las ansias de Paul por generar un proyecto que reuniera moralmente a la banda, el valemadrismo de John, las discusiones, jalones de pelos, músicos invitados para alivianar el ambiente y un penoso etcétera que resulta duro de recordar para cualquier beatlémano.

Let it be, que en principio iba a llamarse Get back a manera de súplica por retomar la cohesión, camaradería y —sobre todo— espíritu que les habían llevado a la cima del mundo, estaba planeado como un documental que proyectara a The Beatles regresando a sus raíces a base de puro y energético rock & roll. Sin embargo, el tiro salió por la culata mostrando a una banda desunida, harta y hasta indiferente. La salida momentánea de George durante este periodo y el socarrón comentario de Lennon sugiriendo que lo sustituyeran con Eric Clapton no ayudaron a calmar los ánimos, por lo que fue necesaria la presencia de Billy Preston para lograr que los cuatro Beatles entraran al estudio, así fuera por separado, para hacer cada quién la parte que le correspondía. Sin embargo, el último clavo en la tumba del proyecto —en la forma de Phil Spector y su famosa pared de sonido— terminaría por mandar el disco y el documental enlatados a la bodega (con todo y lo maravilloso que había resultado el concierto en la azotea de Apple a manera de cierre para el mismo), dando salida primero al Abbey Road de 1969.

Musicalmente hablando, calificaría al Let it be con un austero 8, aunque debo confesar que mi evaluaciòn no es 100% objetiva. El disco suena a despedida y eso lo vuelve un tanto triste, pese a la sublime belleza de piezas como I me mine y su delicioso slide, Let it be, The long and winding road y la mismísima Across the universe, que ya hizo honor a su nombre como mencioné en este otro post; o al entrañable flashback rocanrolero logrado a través de piezas como Get back, I've got a feeling y One after 909, magistralmente interpretadas en el ya mencionado concierto de la azotea que terminó con una intervención de la policía (no muy agresiva, a decir verdad), que invitó a los Fab four a bajarle dos rayitas a su desmadre por favorcito, ya que las afortunadísimas personas que circulaban por Savile Row estaban tan embelesadas (¡y cómo no!) viéndolos tocar en vivo después de tantos años, que esa parte de la ciudad estaba paralizada.




Mi rola del disco:





Por otra parte, siempre existirá la disyuntiva acerca de qué tan bien estuvo que se permitiera a Spector (pese a las rabietas de Paul) vestir los tracks con orquestaciones y coros, más tomando en cuenta cómo se escucha el Let it be...naked.





¿Qué versión les gusta más, qué canción de este disco es su favorita? Platíquenme, y por supuesto, no dejen de llevarse un recuerdito de lo que pasó la mañana del 30 de enero de 1969 en aquella azotea.





Saludos Enfermos.


sábado, mayo 05, 2018

Yo voy a rockear por siempre...forever...forever...




Me encanta la lista de Descubrimientos semanales de Spotify porque cada lunes me ofrece la opción de agregar nuevos tracks a las listas que uso para pasar el rato haciendo cualquier cosa. Así, puedo sentirme bien rudo y malote mientras lavo los trastes o la ropa, trapeo o me siento frente la compu para escribir en éste, su blog de confianza.

Sonó en las bocinas Kickstart my heart, de Mötley Crüe, mientras yo estaba clavadísimo en mi pedo lavando una cacerola. Mi mamá, desde el comedor, me dijo:

—Ya vas a empezar otra vez con tu música loca, pensé que ya se te había pasado.

Me hizo mucha gracia que dijera eso; quizá lo pensó porque últimamente, por las noches, me da por escuchar música de cámara, además de algunos viejos cds que rescaté de la colección de mi papá (un acoplado con el Billboard de 1972, algunos de The Alan Parsons Project, un Greatest Hits de Roy Orbison) y mis viejos confiables: The Beatles, Pink Floyd, Queen, Radiohead...cosas tranquilas para no ser demasiado ruidoso y dejar dormir a los demás. Pero definitivamente sigo con el rock por dentro, aún siento emoción al escuchar la potencia que un par de guitarras, una batería y un bajo (mas otros invitados, en ocasiones) derrochan en distintos géneros, llámese metal, grunge, progressive, brit pop y cualquiera de los otros componentes del soundtrack de mi vida.

Tengo 34 años; hace mucho dejé de ser un adolescente, pero en mí aún vive la ideología que el rock ha representado desde sus inicios: el desafío a lo establecido, bonito y políticamente correcto; la transgresión, la rebeldía (en el estricto sentido de la palabra, no el que últimamente le dan ciertos pendejitos wanna be) y el amor por la buena música.



—¿Cómo crees, má? Eso nunca se quita le respondí, sonriendo.






Saludos Enfermos.